Adiós al “viejo Charlie”

   
  Por: José Gabriel Baena
 
 
La serie de Tv norteamericana “Two and a half men” ha sido una de las comedias más inteligentes desde hace unas siete-ocho temporadas, hasta su abrupta suspensión hace poco, luego de que su protagonista Charlie Sheen fuera en un lujoso hotel de New York la figura central de un tremendo escándalo de drogas, chicas malas y destrucción de la suite. Parece que al “viejo Charlie” lo hubiera poseído el espíritu de diablillo entrado en años (42!) que encarnó en la serie y que vale la pena resumir: Allí, Charlie es un exitoso compositor de “jingles” o cancioncillas para comerciales, con lo cual ha hecho una fortuna y puede darse el lujo de vivir en una gran casa en las playas de Malibú, California. Pero no es feliz. Su vida amorosa es un desastre tras otro, no es capaz de “asentarse” con una mujer más de tres días por el temor de enamorarse y llegar al matrimonio –y eso que ha estado a punto, hermosas mujeres entre tontas y geniales saltan de su cama casi cada amanecer espantadas con su egomanía y su “miedo al compromiso”, ese maldito lugar común, y ante cada separación predecible se sumerge en el alcohol y las apuestas. Teme sucumbir al amor con mujeres un poco mayores que él que podrían llevar a estabilizarlo y ser un vecino más, un tipo normal, pero el entorno que lo rodea no lo ayuda para nada. Con él vive su hermano menor, fisioterapeuta fracasado y divorciado, con un hijo que a lo largo de la serie ha derivado de niño de 8 años a adolescente inquieto de 14. Y la relación de este hermano con su exesposa no es algo envidiable: aunque separados, los conflictos con ella se suceden: la mujer se ha vuelto a casar, es agria y cruel, tiene supuestas tendencias lesbianas, sólo le importa la pensión del arruinado Alan –quien busca sin pausa un amor verdadero. El otro ingrediente cohesivo es la madre de Charlie y Alan, sesentona, también alcohólica en camino, agente de lujosos bienes raíces que no duda en acostarse con los clientes para cerrar negocios, y si embargo opera como un espíritu que en los momentos “trance” saca a todos de dificultades económicas que no faltan. La sabiduría popular la representa aquí la inmensa ama de llaves de Charlie, que con sus consejos –verdaderos garrotazos a la cabeza- libera a los personajes cuando están al borde del colapso mental o económico.
Pero todo gira alrededor de la impotencia de Charlie para establecer una relación “normal” con la infinidad de mujeres que el mundo le ofrece en bandeja. El amor eterno le horroriza, así como la posibilidad de tener hijos que sean como su inquieto sobrino. La psiquiatría no le ayuda para nada, para su doctora es un caso perdido, el expediente del viejo “Charlie” es asunto sin solución: el adulto que se resiste a que la juventud se le está yendo es un prototipo genial de infinidad de casos que estamos viendo en nuestro tiempo, y el equipo de talentosos guionistas de la serie resuelve los complicados casos de cada capítulo merced a una serie de diálogos prodigiosos y de alta velocidad mental, juegos de palabras, preguntas y respuestas crueles, mordaces y crudas, referencias sexuales explícitas, que parecen resolver cada asunto… hasta el próximo amanecer, donde todo vuelve a empezar. Casi que en cada capítulo se inicia, desarrolla y termina “un amor de Charlie”, con excepción de unas pocas historias donde parece que al fin el anti-héroe asentará pies y cabeza, lo que implicaría el final de la serie… (que ya llegó en la realidad).
Y este “the end” ha venido –para muchos- como un castigo inapelable de la vida para semejante desmadre televisivo: a principios de año el “Viejo Charlie Sheen” fue detenido en NY, por lo que ya dijimos, ya había estado en la “cana” por violencia contra su esposa –con la cual tiene 2 mellizos- y en programas de “re-hab”-, su serie suspendida en plena mitad de nueva temporada, corren demandas y contrademandas millonarias, y mientras tanto Mr. Sheen ha preparado un show en vivo sobre su vida que arrancó en el Radio City Music Hall de Manhattan: “Mi violento torpedo de la verdad”. El dinero no es problema para Sheen, que se ganaba 2 millones de dólares por capítulo de 24 minutos. Lo que nos queda de inquietante a los televidentes es esa verdad absoluta sobre la finitud del amor, que entra y sale de nuestras vidas con la velocidad del día y los sudores y preguntas de la noche, de ella, la Mujer, después de la relación de rutina en la oscuridad: “¿Dime que me amarás por siempre, eternamente, cuando estemos viejos y decrépitos?” Esa es la gran pregunta que sostiene la serie –aparentemente frívola pero que es una bomba de profundidad desde el principio de los tiempos -y que nadie se atreve a responder, aunque la verdad se sepa y sea espantosa. Ahora entra Charlie Sheen al gran pabellón de los desechables de Hollywood, por atreverse a mezclar su vida personal con el personaje que encarnaba. El sistema del estrellato no perdona a estas ovejas negras y las borra para siempre de sus guiones, porque desnudan ese grande y miserable infierno que se oculta tras las risas grabadas que ponen en las comedias cada 5 segundos. Y que no son más que la risa del Destino postmoderno–mísera parodia de los antiguos y majestuosos coros griegos- ante la pequeñez del humano cada vez más deleznable.

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